Manchega y sorda, nunca tuve una referente en quien mirarme. Así que me convertí en la que a mí me faltó.
Hoy trabajo en una consultora de tecnología, soy mamá de mellizos, escritora y activista por las mujeres con discapacidad de las zonas rurales.
Nacida en Ciudad Real, en 1986
Me crie en un entorno rural, en Almagro, una tierra manchega donde las oportunidades no siempre llaman a la puerta. A los 21 años, de forma repentina, perdí por completo la audición. En 2008 me convertí en la primera mujer implantada coclear de Castilla-La Mancha, y viví como una pionera porque no me quedó otro remedio: tuve que romper barreras sociales, académicas, laborales e institucionales, y hacerlo sin nadie delante a quien seguir.
Yo me consideraba una cíborg. WhatsApp llegó a España en 2008, el mismo año en que me implantaron: mientras algunos manchegos todavía no tenían móvil —o se negaban a usar la aplicación porque preferían llamar por teléfono—, yo contaba que llevaba una tecnología dentro de la cabeza que me devolvía el sonido.
Lo que hoy se enseña en las escuelas de negocio con la llegada de la inteligencia artificial —el famoso cambio de mindset— yo ya lo comentaba entonces en mis círculos. No como teoría: lo llevaba puesto.
Por aquel entonces se implantaba a niños muy pequeños y a personas mayores. A nadie de mi edad. No tuve ningún referente en quien mirarme, ninguna mujer joven que me contara qué venía después. Así que con el tiempo me convertí en ese referente que a mí me faltó.
¿Qué es un implante coclear?
Mucha gente no lo sabe, así que lo explico. Un audífono amplifica el sonido: sube el volumen de lo que todavía oyes, tu sonido. El implante coclear es otra cosa. Se coloca cuando la sordera es profunda, cuando ya no queda audición que amplificar, y no oyes a través del oído sino a través de unos electrodos que se introducen dentro de la cóclea, el caracol del oído interno. Es un ordenador: un hardware que se implanta en la cabeza y un software que convierte el sonido en impulsos eléctricos y los envía directamente al nervio auditivo. Pura ingeniería.
En mi caso nunca llegué a usar audífonos: pasé de ser oyente al cien por cien a estar implantada.
Lo que casi nadie imagina es lo que viene después. El implante no te devuelve la audición que tenías: te entrega un sonido nuevo, robótico, que tu cerebro tiene que aprender a interpretar desde cero. Los electrodos se van conectando poco a poco, y con cada programación y el seguimiento de un logopeda vas reprogramando tu propio cerebro. Es aprender un idioma nuevo, en versión robótica, y lleva años: tardé cuatro años en volver a entender el castellano y ocho en entender el inglés.
Es una carrera de fondo, no un interruptor que se enciende. Y hay una parte que no la pone el implante: la actitud. Querer volver a oír como antes, querer ser autónoma, eso lo decides tú.
Lo que el implante no resuelve
El implante es tecnología, y como toda tecnología se equivoca. Igual que la inteligencia artificial a veces «alucina», el implante también falla: en un sitio con mucho ruido se dirige al sonido más fuerte del lugar y te deja sin escuchar justo a la persona con la que estás tomando café.
Ahí entra el secreto que tuve que aprender sola para sobrevivir: el apoyo labial. Leer los labios, y leer también todo lo demás —los gestos, la cara, el cuerpo—, porque el lenguaje no verbal se agudiza cuando te falta el oído. La vista tiene que ser tu bastón y tu mayor aliada.
Y esto no se aprende de una vez, ni nadie te lo enseña. Son los años de vida con el implante y los años de trabajo los que te hacen conocerte mejor e incluirte socialmente, tapando los grandes gaps que deja un implante coclear.
El hardware lo pusieron ellos; el software lo puse yo
De la depresión profunda que trae consigo la discapacidad no te habla nadie. Y menos todavía de lo que ocurre cuando el hardware y el software por fin empiezan a funcionar, pero el sonido no se parece en nada al que tú recordabas.
Decidí seguir hacia adelante un día concreto. Después de reaprender las vocales, las consonantes, las sílabas, los sonidos de la calle, las voces, a los ocho meses conseguí descifrar dentro de aquel ruido estridente y robótico una palabra: «mamá». Era mi madre.
La vuelta a la universidad
Aquel día me cambió la vida y me animé con uno de mis mayores retos: volver a la universidad. La recordaba desde la Elena oyente, cuando lo más trabajoso del mundo era levantarse a las ocho de la mañana para llegar a la primera clase de Derecho Constitucional.
La realidad de la discapacidad llegó justo ahí, en esa vuelta a la vida y a las aulas. Primera fila. Un implante coclear tarda dos segundos en procesar la información: cuando yo escribía la primera palabra, el profesor ya había avanzado media clase. A eso se sumaba el agobio, la falta de entendimiento por parte de todos, la desinformación sobre lo que es un implante coclear y mi propia falta de comunicación —cuando me quedé sorda dejé de oír también mi voz, y me enseñaron a hablar a la vez que aprendía a escuchar—. Un cóctel perfecto para dejar la universidad.
Y el SAED, el Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad, en aquella época, en 2011, siempre estaba cerrado. La adaptación que necesitaba para poder estudiar no la tenía. Todo luchaba en mi contra.
Uno de esos días en los que ya no puedes más y se te nota en la cara —la discapacidad auditiva aísla muchísimo y es tremendamente incomprendida—, María y Pilar, mis mejores amigas y hoy mi familia, se convirtieron en mi oído derecho y en mi oído izquierdo. Todavía recuerdo sus palabras entrando en mi procesador robótico: «No entendemos por lo que estás pasando, pero te vamos a ayudar».
Yo iba a clase a hacer acto de presencia mientras ellas me pasaban los apuntes todos los días, y el mes antes de los exámenes me lo explicaban todo de nuevo. Aquello fue un avance: empecé a aprobar y a confiar en mí misma. A la vez seguía con mi rehabilitación con Nuria, mi logopeda, que me empujaba a exigir mi adaptación. Después de muchos meses de lucha la conseguí, aunque no por el camino que debería haber sido: fue Nemesio de Lara, entonces presidente de la Diputación de Ciudad Real, quien creyó en mí y me dio la oportunidad que necesitaba comprando un equipo de FM.
Nemesio, María, Pilar y Nuria me dieron la confianza suficiente para convertirme en la referente que los estudiantes con discapacidad necesitaban en la universidad. Entré de becaria en el propio Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad, y os aseguro que fue empezar de cero.
Allí descubrí otra barrera: la laboral. Muy pocos estudiantes con discapacidad terminaban la carrera, y los que la terminaban no encontraban trabajo. Me pregunté si esa iba a ser también mi salida después de todo lo que había conseguido. Así que creé un servicio de inserción laboral dentro del servicio y me dediqué a escuchar lo que necesitaban los estudiantes. Ahí, la sorda, la que todavía estaba aprendiendo a oír, era la que mejor escuchaba.
Terminé Relaciones Laborales y Recursos Humanos siendo la primera estudiante con implante coclear de mi universidad y delegada de mi promoción. De los tres estudiantes con discapacidad que nos matriculamos en aquella época, hoy son ochocientos al año. Algo ha cambiado.
En 2026 recibí el Reconocimiento a la Trayectoria Profesional del Consejo Social de la UCLM, con Julián Garde como rector, a quien tengo mucho aprecio: está haciendo mucho por los estudiantes con discapacidad en la universidad. Mientras escuchaba mi nombre en el paraninfo de Albacete y me levantaba a recogerlo, todas aquellas imágenes me pasaron por la cabeza como un carrusel.
La mayoría de los estudiantes salen de la universidad con el recuerdo de unos estudios. Para mí fue romper muchas barreras y conseguir aquello que nunca creí que haría.
Del banco a Nueva York
¿Las oportunidades aparecen o las trabajas?
Es una pregunta que me hago muchas veces y siempre diré lo mismo: las trabajas, y después aparecen, como fruto de un trabajo extremo. Ser la primera mujer con implante coclear en dirigir una oficina bancaria con menos de 30 años no fue azar: fue la consecución de mucho trabajo.
Mi mayor miedo era que los clientes desconfiaran de mí. Así que me adelanté a las posibles consecuencias: me aprendía los nombres y apellidos de todos los clientes, sus cuentas bancarias y los productos que tenían contratados, para que nadie notara que podía perder información. Además de entrenar mi mente para escuchar, la entrenaba para construir un prompt que me devolviera todo lo que necesitaba saber del cliente que entraba por la puerta con una necesidad.
Nunca imaginé que, después de conseguir un puesto de trabajo y llegar a ser directora de banca, me quedaran ganas de seguir avanzando. A veces pienso que fue la disciplina militar que apliqué día tras día cuando mi vida se reducía a ir al gimnasio para paliar una depresión profunda y a media hora de logopeda para volver a oír. Esa disciplina me lanzó a un reto mayor: un Executive Master in Corporate Finance and Law en ESADE.
Me agobié mucho. Creí que había invertido tiempo y dinero en algo que no conseguiría jamás. Mis compañeros eran grandes ejecutivos de multinacionales y yo, una chica con discapacidad de una oficina de un pueblo manchego. Las diferencias eran enormes. Ellos eran auténticos tiburones; yo, un pez con ganas de saber qué me deparaba el gran océano.
La formación continuaba en la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York. Mientras seguía trabajando en el banco, los fines de semana me hacía 200 kilómetros en coche para llegar a Madrid: otro reto, porque desde que me quedé sorda nunca había conducido más allá de mi zona de confort, y menos en una ciudad como Madrid. Y aprender inglés desde cero. No ese cero que tú estás pensando, el tuyo: el mío era desde las vocales y las consonantes.
La llegada a Nueva York fue mi mayor experiencia y también el momento en que me sentí más vulnerable. Y sin embargo, fue lo que más me hizo confiar en mí. Los idiomas y el implante coclear no son lo más compatible del mundo: es como que te guste la música clásica y tener que aprender reguetón de oído, en un idioma que no es el tuyo, adivinando lo que dicen las canciones.
Madrid, ILUNION y el liderazgo inclusivo
Al volver de Nueva York hice otra mudanza, la de la zona rural a Madrid. Emigré, como emigra tanta gente de pueblo, buscando las opciones que en mi tierra no estaban.
En ILUNION aprendí algo que no esperaba: el liderazgo inclusivo. Cuando hablas de discapacidad en primera persona te acostumbras a pedir tus adaptaciones y tus tiempos, y no te das cuenta de que los demás también tienen los suyos. Allí, rodeada de equipos diversos, lo vi por fin desde el otro lado: los tiempos de respuesta y las adaptaciones no son solo míos.
Lideré proyectos corporativos estratégicos de transformación digital, un terreno en el que ILUNION es pionera. Fue ahí donde me especialicé de verdad: consultoría desde el lado del cliente y aplicaciones como SAP Ariba para el departamento de compras y sus licitaciones.
El siguiente salto fue a la consultora de tecnología en la que sigo: liderar la PMO de un proyecto corporativo, llevar el end to end con varias consultoras trabajando a la vez y presentar la situación de la transformación digital ante el comité de dirección. La tecnología llegó a mi vida con un implante coclear, pero cada paso me fue confirmando lo mismo: venía para quedarse y para no dejar de evolucionar.
Hoy trabajo como Business Operations Lead en una consultora de tecnología. La tecnología me persigue desde que entró en mi cabeza. Recuerdo los breaks en Nueva York, en 2016, cuando allí ya se hablaba de transformación digital: yo volvía a España y les decía a mis compañeros del banco que aquello llegaría aquí, que igual que yo había vuelto a oír gracias a la tecnología, el mercado entero iba a girar hacia un modelo tecnológico. Ya entonces se hablaba del cambio de paradigma más importante de la historia.
Ese cambio ya está aquí, y no pienso vivirlo desde la barrera. Me sigo formando en inteligencia artificial y competencias digitales: en el programa RADIA de Fundación ONCE y en el primer Programa de Talento Femenino de ESADE y Stellantis, donde de más de trescientas candidaturas seleccionaron a sesenta mujeres y fui la única con discapacidad. Otra vez la primera; otra vez sin nadie delante a quien seguir.
Maternidad
Mamá, ¿todas las mamás tienen oídos robots como tú?
Recuerdo esa pregunta en los ojos de mi hijo Tomás y mi parón en seco ante algo tan real y tan sincero. Mis mellizos nacieron en 2021 y nunca habría imaginado que a uno de ellos se le ocurriría algo así.
Lo digo porque ser madre sorda no es nada fácil, y con implante coclear resulta igual de difícil: desde identificar dos llantos diferentes o aprender los sonidos nuevos de dos integrantes más en casa, hasta no dormir por las noches, porque quitarme el implante al acostarme —como había hecho siempre— se convirtió en un desafío para una madre de mellizos.
Y de ahí viene mi segunda pregunta: ¿a los niños les enseñas a vivir con una madre sorda o aprenden ellos solos? La respuesta es pura supervivencia. Me la contestó el agotamiento de un día de verano: aprenden solos, adaptándose. Me había quedado dormida con la rodilla doblada y mi hijo, con año y medio, cansado de llorar sin que yo me diera cuenta, me golpeó la rodilla para avisarme.
Ese momento, y otros muchos, me revelaron que la diversidad había entrado en mi casa sin que hubiéramos hablado de ella.
El activismo que nace del silencio
Después de tantos años en silencio me he dado cuenta de que las mujeres callamos por muchas circunstancias: culturales, familiares, de salud. Durante mis diecisiete años en silencio, aunque llevara el implante, mis ojos se convirtieron en mis faros para mirar más allá de lo que el mundo nos quiere mostrar.
Con toda esta historia que os he contado, y siendo además manchega y con discapacidad, entendí una cosa: esa referente que tanto he añorado y que nunca existió tenía que crearla yo.
Porque algo lo tengo claro: no quiero que ninguna mujer sufra lo que yo sufrí. Y si acompañándolas a través de mis dos novelas y del pódcast El no silencio de Elena consigo que se sientan más queridas y más acompañadas, habrá merecido la pena.
Ser la primera de algo
Ser la primera de algo fue mi propósito de vida. He sido la primera muchas veces: la primera de mi familia con discapacidad, la primera en estudiar con un implante, la primera en hablar públicamente de salud mental en el contexto de la discapacidad, la primera en hacerlo sin miedo y sin silencio.
Serlo tantas veces conlleva responsabilidad, desafío y guardar el miedo donde no puedas verlo, porque si no, frena. Y frena mucho. Romper barreras es muy fácil de decir y muy difícil de hacer.
Una amiga me dijo una vez: «Cuando incomodas, cambias las cosas, y eso es lo que tú haces». Vivir en la incomodidad continua y en entornos cambiantes es una forma de vida. La que hoy estáis comenzando a vivir.
Un día me prometí a mí misma: quiero ser la de antes. Sin darme cuenta de que el trabajo, la disciplina, la confianza en una misma y la tecnología me marcarían un mapa de ruta muy diferente. Y mucho más especial.
En «Capaces», de 20minutos
Mi historia contada en la sección Capaces y en el videopódcast «Capaces de todo», de Pilar García de la Granja y Melisa Tuya.
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