Pódcast · Episodio 33

Tú trabaja el implante coclear: los resultados son increíbles, con mi logopeda Nuria Honrado.

En 2008 me pusieron un implante coclear y Nuria Honrado fue la logopeda que me enseñó a volver a oír. Diecisiete años después nos sentamos de nuevo juntas para explicar qué hay detrás de un implante y repetir, delante de la cámara, una sesión de rehabilitación.

Episodio completo en YouTube. También disponible en Spotify.

Me quedé sorda con 21 años. En 2008, cuando fui la primera mujer adulta implantada en Castilla-La Mancha, Nuria llegó a mi vida. Tenía veintitantos años, no había casi materiales y teníamos que tirar de imaginación. Nos veíamos media hora al día. Era mi logopeda, pero también mi confidente y, muchos días, mi psicóloga. El premio que recibí la semana antes de grabar también es suyo.

La figura del logopeda está casi siempre en el backstage. Por eso quería dedicarle este episodio.

Un implante coclear no es un audífono

La sociedad piensa que te pones el implante y vuelves a oír como antes, como si fuera un audífono que amplifica el sonido. No tiene nada que ver. Como explicó Nuria, el implante se pone cuando el audífono ya no sirve, y es el principio: a partir de ahí hay que enseñar al cerebro a interpretar unos sonidos que no se parecen a los de antes.

Yo siempre digo que el implante es un ordenador vacío: el hardware, al que se le va metiendo el software poco a poco con las programaciones. En las primeras no se activan todos los electrodos, porque sería un bombardeo; hay que hacerlo de forma progresiva. Recuerdo las primeras semanas de cada programación: me sentía mareada, no entendía nada, no sabía dónde estaba.

La operación es lo de menos. Es el principio. Sin rehabilitación, no se saca el máximo rendimiento al implante.

Sordera poslocutiva y prelocutiva: la huella del sonido

Le pregunté por qué hay personas sordas de nacimiento que, implantadas de adultas, no llegan a adaptarse. Yo soy poslocutiva: cuando me quedé sorda ya había aprendido el lenguaje y había vivido con sonidos. Nuria lo llama la huella o el recuerdo: cuando oyes una puerta con el implante no suena igual, pero tu cerebro asocia el sonido nuevo con el recuerdo. Quien nunca ha oído ha usado otros caminos para comunicarse, como las vibraciones o la lectura labial.

Aun así, el esfuerzo es enorme. Es como ir traduciendo un idioma: entiendes la frase, pero al llegar al final de un párrafo largo se te ha olvidado el principio. En la universidad, cuando el profesor hablaba y había que tomar apuntes, yo colapsaba a la segunda palabra.

Una sesión de rehabilitación, en directo

Nuria explicó que la rehabilitación tiene cinco fases que no son rígidas y se mezclan. La primera es la detección: saber si hay sonido o no. La segunda, la discriminación: saber si dos sonidos son iguales o diferentes. Después viene la identificación. Y lo repetimos delante de la cámara, sin lectura labial. En aquella época teníamos tanta complicidad que, aunque se tapara la boca, yo adivinaba la vocal por cómo levantaba la ceja.

  • Colores: «rojo, rojo», iguales; «azul, verde», diferentes. En «rosa, rosa» dudé: el segundo me sonó a rojo.
  • Pares de palabras: «color, dolor»; «suelo, duelo». La B, la D y la P me siguen costando, porque comparten muchos rasgos al articularlas y el implante apenas las distingue.
  • Voces en canciones: ¿hombre o mujer? Con la primera nota supe que era Mónica Naranjo. Luego vino Alejandro Sanz. Con Maná, La Unión o Miguel Bosé trabajamos muchísimo.
  • Instrumentos: trompeta, xilófono, platillos, saxofón, batería. Diferenciar un violín de un piano o de una flauta me ha costado mucho.

Con la música lo tengo claro: la letra de las canciones no la identifico, me la aprendo. Primero la melodía y luego la letra escrita, como en un karaoke. La música despierta emociones, y esas emociones también son aprendizaje. Pero la música es muy difícil de percibir con un implante, y creo que a la tecnología aún le queda mucho: se nota lo mucho que se procesa el sonido hasta que llega.

Cada rehabilitación empieza por lo que necesita la persona

¿Por dónde se empieza? Depende de cada persona. Conmigo, Nuria tuvo claro que quería mi independencia: yo tenía 21 años e iba a la consulta con mis padres. Así que empezamos por los sonidos de la calle, para que oyera si venía un coche. Luego quiso que pudiera ver la tele, ir a un bar, a una discoteca o a un concierto. Ambientábamos en la consulta, con lo que teníamos, un bar o una discoteca para practicar conversaciones con ruido.

También trabajamos la voz. Al principio no controlaba el tono, que se me iba a graves y agudos, hablaba muy alto y con una entonación plana. Por eso Nuria insiste en que no pase mucho tiempo entre la pérdida auditiva y el implante: cuanto más tiempo se está sin sonido, más se pierden esas características. Y en algo que sigo repitiendo: no digáis «sordomudo». Las personas sordas no somos mudas.

Lo que no se ve: ruido, silencios y cansancio

Hay cosas que nadie me contó. Por ejemplo, que el implante siempre se va al sonido más fuerte: en una cafetería oigo al de la mesa de atrás mientras intento concentrarme en quien tengo delante. O el estrés de los silencios: ese milisegundo que necesito para procesar parece eterno, y siento que la otra persona pensará que no la entiendo. Nuria lo compara con la música: los silencios y las pausas son tan importantes como la melodía, y a veces hay que ir más despacio.

Por eso agradezco tanto que la gente vocalice y no hable demasiado rápido. Y como el implante no transmite bien la emoción, un «bien» me suena robótico. Leo a la persona, el contexto y la cara: es creatividad pura, veinticuatro horas al día. Hoy, en cambio, el silencio es mi poder: cuando teletrabajo me quito el implante y mi concentración es brutal.

El cerebro compensa. No se crean neuronas nuevas, pero sí nuevas conexiones: caminos alternativos.

Un truco: los cascos «de adorno»

Muchas me preguntáis cómo escucho con cascos. Las personas con implante solemos usar un bucle magnético colgado al cuello, o cascos que ya lo llevan incorporado, con el implante en posición T. Pero os desvelo un secreto: a veces llevo los cascos de adorno. Como el sonido me llega directamente al implante, los cascos sirven para que la gente vea que estoy escuchando algo y no piense que la ignoro si me habla. Todavía lo hago con cierta vergüenza; una pierna biónica se ve, un implante no.

Si te estás planteando un implante coclear

Siempre digo que sí, pero sabiendo que hay trabajo detrás. Desconfiad de quien os diga que al mes oía como antes. Yo sigo trabajando diecisiete años después con música, pódcasts y la tele con subtítulos, intentando no apoyarme en ellos. Nuestro consejo es la exposición al sonido desde el primer minuto, y el trabajo en casa: que tu madre, tu padre o tu hermano te lean frases. A mí me apoyó mucho mi familia.

Mis dos primeros años con el implante fueron cuidar mi salud mental a través del deporte y reaprender con Nuria. Si quieres, puedes. Pero no se puede sola: hace falta gente como ella, que te acompaña. Ojalá este episodio ayude a que la figura del logopeda deje de ser invisible.

Ver el episodio en YouTube

← Todos los episodios de «El no silencio de Elena»

Contacto

¿Hablamos?

¿Quieres contar tu historia en el pódcast o proponer una colaboración? Escríbeme.

hola@elnosilenciodeelena.com