De cáncer terminal a vivir sin freno, con Mireia Cabañes.
El día que cumplía siete años, a Mireia Cabañes le diagnosticaron un sarcoma de Ewing muy avanzado. A sus padres les dijeron que no había esperanza. Hoy es surfista en la élite nacional de surf adaptado, conferenciante y embajadora de la Fundación Randstad, y sueña con unos Juegos Paralímpicos.
Mireia es de esas amigas que son casi hermanas, aunque nos veamos menos de lo que querríamos. Grabamos en la Fundación Randstad, de la que es embajadora: da charlas en empresas para que vean que la discapacidad no es un problema, sino un valor. Ella lo ha comprobado: en equipos diversos, con personas de distintos países y con y sin discapacidad, los proyectos son más creativos y llegan a más gente.
Sarcoma de Ewing a los siete años
«Nací con dos piernas», empieza, con el humor con el que lo cuenta todo. El día de su séptimo cumpleaños ingresó en el hospital y salió con un diagnóstico de sarcoma de Ewing muy avanzado. A sus padres les dijeron que se iba a morir. Su abuelo había fallecido de un tumor muy parecido cuando su padre era menor de edad, así que imaginad lo que fue recibir el mismo diagnóstico para su primera hija. Los médicos dicen que no es genético.
Mireia fue consciente de que podía morir. Solo pensaba en que no quería separarse de su hermana, la persona más importante de su vida. Y decidió luchar. Hoy no le tiene miedo a la muerte: prefiere irse habiéndolo hecho todo. Desde pequeña ha vivido al borde, y confiesa que no sabe vivir sin adrenalina.
Un consejo para las familias: que el niño forme parte del proceso
Le pregunté qué le diría a una madre que esté pasando por lo mismo. Lo que más agradece a sus padres es que desde el primer minuto lo supo todo. Le explicaban cada prueba antes de hacérsela: qué era un TAC, cómo sería la biopsia o la punción lumbar. Saber lo que iba a pasar la calmaba muchísimo.
En su familia nadie se mostraba débil delante de nadie: sus padres lloraban y discutían fuera para protegerla, y ella los protegía a ellos. Eso le dejó huella. Creció bloqueada emocionalmente: le costaba llorar o dar un abrazo, porque mostrarse sentimental era mostrarse débil. Con ayuda profesional lo ha trabajado mucho.
Una pierna del revés
La operaron en junio y estuvo escayolada hasta septiembre, con quimioterapia. Una bacteria le entró por las heridas y volvió a estar muy grave, en cuidados intensivos. Cuando por fin le quitaron la escayola y la ayudaron a sentarse, le dio un ataque de risa: movía los dedos del pie, pero del revés.
El tumor estaba en el fémur. Le amputaron desde la cadera, desecharon el fémur y le reimplantaron del revés la parte sana de la pierna, de la rodilla para abajo: la rodilla hace de cadera y el pie, vuelto hacia atrás, hace de rodilla. Fue en 1994, y ella piensa que aquel traumatólogo fue un genio: gracias a esa cirugía y a su ortopeda no depende de una silla de ruedas.
Lo más duro fue enseñarle al cerebro a dar las órdenes al revés. Horas, semanas y meses repitiendo: el cerebro manda la orden, se ejecuta mal, recibe el error y va creando nuevas conexiones hasta que un día sale bien. Y luego hay que repetirlo mil veces. Cuando ahora la ven andar, correr o surfear parece fácil, pero hay muchísimo esfuerzo detrás.
Todo en esta vida es cuestión de actitud.
La coraza del colegio
Volvió al colegio calva, en silla de ruedas y con la pierna del revés, y se sintió arropada; si no, dice, quizá no estaría aquí. Pero también reconoce algo de lo que no se siente orgullosa: fue rebelde y se construyó una coraza. Se metía con los demás antes de que se metieran con ella: «ya sé que soy diferente, así que te enseño antes de lo que soy capaz». Con psicólogos entendió que era autodefensa. Y hacía voluntariado a escondidas, porque no quería que nadie supiera que tenía buen fondo.
Hace poco más de un año, en una revisión rutinaria de oncología, le diagnosticaron TDAH, y de repente muchas cosas cobraron sentido: por qué se aburría en clase, por qué perdía el dinero del pan a los dos minutos o por qué no puede estar quieta.
La discapacidad llegó con el trabajo
El certificado de discapacidad se lo dieron a los siete años, pero dice que no «se encontró» con ella hasta pasados los treinta. Hizo deporte sin adaptar, estudió Periodismo y Comunicación, másteres y becas, sin problema. El choque llegó con el trabajo. En una tienda vendía más que nadie, pero no aguantaba tantas horas de pie. La empresa intentó adaptarle el puesto y al final tuvo que irse. Después, en agencias de marketing, no le daban teletrabajo y le exigían jornadas de doce horas. Había dejado el deporte y llegó el dolor crónico.
Hoy es autónoma y teletrabaja: desde la cama si hace falta, viajando o descansando los días que no se encuentra bien. Y sueña con tener una empresa que contrate a personas con discapacidad y trabaje por objetivos: estas son tus tareas, hazlas como quieras; lo que quiero es que seas feliz.
Que las empresas se quiten de la cabeza el término discapacidad. Nosotros vivimos buscando soluciones cada día.
Surf, snowboard y un sueño paralímpico sin patrocinio
El surf era su pasión desde niña, aunque por falta de referentes tardó en atreverse. Hoy está en la élite nacional de surf adaptado y forma parte del equipo femenino de surf adaptado de la Fundación Levante UD. El surf no entrará finalmente en los Juegos de Los Ángeles 2028, así que se ha pasado también al snowboard, y su reto es llegar a los Juegos Paralímpicos de 2030.
Pero sin dinero no se puede. Un pie específico para snowboard cuesta más de 7.000 euros. Para llegar a unos Juegos necesitas puntos, y para eso hay que competir fuera de España y entrenar toda la temporada: unos 60.000 euros al año, solo de snowboard. Todo lo que ha conseguido ha sido gracias a fundaciones, no a empresas. Las marcas apuestan por el fútbol y, cuando se acercan a la discapacidad, muchas veces es por cumplir cifras. Ella no quiere caridad ni que la usen para la responsabilidad social: quiere proyectos a largo plazo, que la traten como una deportista, una creadora de contenido o una conferenciante más.
Familias que se eligen
Cuando le pregunté por el valor que más asocia al deporte, no eligió la superación, porque eso lo tiene cualquier deportista. Eligió el amparo: la familia de sangre, la de los amigos y las que ha encontrado en el surf y el snowboard. Cuando entrenan las cinco chicas del equipo, cada una con su discapacidad y su nivel, quien lo ve desde fuera dice que contagian.
Mireia dice que tiene más equilibrio que yo porque lleva desde los siete años a la pata coja. Se queda con lo positivo. Y en las charlas en colegios enseña un vídeo suyo que se hizo viral, en el que bromea con que no sabe si va hacia delante o hacia atrás. Porque la gente con un cuerpo no normativo también se ríe y es feliz. Y los niños, cuando lo ven, lo entienden a la primera.