Pódcast · Episodio 40

La discapacidad no tiene fronteras: de la ONU al mundo rural, con Jesús Celada.

Jesús Celada es el embajador de España ante la ONU para los derechos de las personas con discapacidad. Con él abrimos la quinta temporada de «El no silencio de Elena» hablando de diplomacia, de cooperación internacional y de quién viaja siempre en el último vagón: las mujeres con discapacidad del mundo rural.

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A Jesús Celada lo sigo desde hace muchísimo tiempo, y que haya querido sentarse en el pódcast me dice algo: que algo está cambiando. Mi discapacidad empezó como el cuento de una niña que nadie escuchaba, y hoy personas con su responsabilidad institucional se suben a este espacio para hablar de discapacidad de tú a tú. Fue una conversación que ninguno de los dos quería terminar.

Quién es Jesús Celada

Jesús es ingeniero y funcionario. Pasó casi doce años investigando en ciencias geoespaciales en el Instituto Geográfico Nacional, hasta que, en 2011, sintió que tenía que devolver a la sociedad lo que la sociedad le había dado. Buscó plaza en el área social y cayó en las políticas de discapacidad. Desde entonces no se ha movido de ahí: fue consejero técnico, subdirector y, durante cuatro años, director general de discapacidad en el Ministerio de Derechos Sociales, el puesto que hoy ocupa Jesús Martín, que también ha pasado por el pódcast.

El clic, me contó, se lo dio una idea que escuchó en su primera entrevista: la discapacidad ya no es una cuestión asistencial, sino una cuestión de derechos. Las personas con discapacidad no son objeto de un sistema médico y rehabilitador; son ciudadanas con derechos que la administración tiene que garantizar. Y en eso, cualquier profesional, también un ingeniero, tiene algo que aportar.

Una embajada para la discapacidad: España, pionera

En 2022 el Ministerio de Asuntos Exteriores decidió llevar la discapacidad al terreno de la diplomacia y creó una embajada en misión especial para las políticas de discapacidad: una embajada temática, con sede en Madrid, que se relaciona con todos los países del mundo. España fue el segundo país en tenerla; el primero, Finlandia. Jesús es desde hace un año el embajador ante la ONU para la aplicación de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, que en 2026 cumple veinte años.

Su trabajo es representar a España en la ONU, en la Unión Europea, en la Unión por el Mediterráneo o en la cumbre iberoamericana, y también sobre el terreno: la semana antes de grabar había estado en Senegal en un proyecto de cooperación, y antes en Togo y en Ghana. La idea es compartir con otros países lo que entre todas y todos hemos construido aquí.

Cuando cuento fuera de España lo que hacemos aquí, hay gente que no se lo cree. En lo social también tenemos un modelo ejemplar, y hay que contarlo.

Lo que aprendimos en la pandemia

Jesús vivió la pandemia como director general, y me dijo algo que, siendo sorda, nunca me había parado a pensar: las personas sordas fuimos de los primeros colectivos en perder derechos. Los mensajes en televisión no estaban subtitulados ni signados, tampoco las ruedas de prensa del Consejo de Ministros. Había personas sordas que no sabían si podían salir a comprar o a pasear al perro. A mí me pasaba con las mascarillas: esta discapacidad aísla muchísimo, y en aquel momento nos aisló todavía más. Su conclusión es clara: si no reforzamos los derechos, se pueden volver a perder.

El último vagón: mujer, discapacidad y mundo rural

Es la pregunta que yo tenía que hacerle, porque me escucháis muchas mujeres con discapacidad de pueblos. Su respuesta: en términos generales, en España hemos avanzado mucho; pero la discapacidad es diversidad, y cuando bajas al terreno cuentan muchas variables. No es lo mismo ser hombre que mujer, nacer con una discapacidad que adquirirla, tener recursos o no tenerlos, vivir en el centro de una ciudad o en un pueblo pequeño. Y de todas esas intersecciones, dos preocupan especialmente: ser mujer y vivir en el mundo rural.

Si ordenamos la discapacidad por vagones, en los últimos van las mujeres y el entorno rural.

Porque hay menos empleo, y eso acerca a la pobreza. Porque sin recursos propios dependes de otra persona, y esa dependencia puede acabar en violencia económica, emocional, física o sexual. Porque no hay a dónde acudir. Es un aislamiento absoluto. Por eso la Estrategia Española sobre Discapacidad 2022-2030 tiene el género y lo rural entre sus ejes, y por eso, me explicó, no hay debate sobre discapacidad en la ONU en el que no se hable de género y de ruralidad.

Yo lo viví en primera persona: cuando llegó la discapacidad, vivía en Almagro y era mujer. Cuando me matriculé en la universidad éramos tres estudiantes con discapacidad; hoy se matriculan unos ochocientos al año. Pero las posibilidades de haber dejado la carrera eran todas, porque desde casa te preguntan «¿y para qué?». En pleno 2026 sigo oyendo a mujeres que me dicen «no quiero estudiar» o «si estudio, ¿quién me va a contratar?».

El exceso de protección también es una barrera

Los datos le dan la razón. La encuesta EDAD 2020 muestra cómo las mujeres con discapacidad se van descolgando del sistema educativo etapa a etapa, frente a los hombres con discapacidad y frente a las mujeres sin ella: en la universidad hay más hombres que mujeres con discapacidad. ¿Por qué? Para Jesús, porque todavía pesa una mirada proteccionista sobre las mujeres con discapacidad, mucho más en el mundo rural, y la creencia del «yo no puedo».

Me puso un ejemplo duro. Hasta 2020, el Código Penal español permitía la esterilización forzosa de personas con discapacidad, sobre todo intelectual. La ONU se lo reprochó a España; él inició, siendo director general, la reforma que acabó con esa práctica. Cuando pidió los datos al Consejo General del Poder Judicial, eran unos cien casos al año. El 99 %, mujeres.

Inteligencia artificial y discapacidad: accesibilidad y sesgos

Yo llevo diecisiete años con tecnología dentro de la cabeza, y en muchos foros oigo que la inteligencia artificial va a aislar a las personas con discapacidad. Jesús lo ve con dos caras. La primera, la accesibilidad: como en su día internet, WhatsApp o las redes, la IA puede transformar la vida de las personas sordas, ciegas o con movilidad reducida, siempre que se diseñe pensando en ellas. La segunda, los sesgos: la IA aprende de los datos que le damos, y si no le contamos que en el mundo hay unos mil millones de personas con discapacidad, simplemente nos va a ignorar.

Pídele a la inteligencia artificial un ciudadano del mundo: nunca te devolverá a una persona con discapacidad. Y existimos.

Por eso insistió en otra brecha: la formación tecnológica. Hace falta que las personas con discapacidad, y las mujeres, participen en el diseño, la programación y la creación de contenidos digitales, igual que se pide más presencia femenina en las carreras STEM.

Lo que es bueno para la discapacidad es bueno para todos

Es una frase que Jesús repite para convencer a quien no tiene discapacidad de que se implique. Los altavoces inteligentes nacieron para que una persona ciega pudiera manejar su casa. Los subtítulos que lee cualquiera en la cinta del gimnasio se pensaron para personas sordas. Los pictogramas que nos orientan en un hospital o en un hotel, la lectura fácil (me confesó que la Constitución en lectura fácil es lo que le habría gustado tener cuando preparaba oposiciones), las rampas, los ascensores… Todos salimos ganando.

Yo le di la vuelta: la tecnología también nos abre puertas a nosotras. A mi marido lo conocí por una aplicación de citas. En una discoteca, la discapacidad es lo primero que ven, o lo que escondes; en una aplicación te conocen primero a ti. Y las personas con discapacidad vivimos mucha soledad.

Normalizar empieza en el aula

Si desde pequeños compartimos clase con compañeras y compañeros con discapacidad, cuando llega la edad de enamorarse lo tenemos normalizado: detrás de una silla, de una amputación, de un implante coclear o de unas manos que signan hay una persona. Jesús lo resume con algo que ha aprendido en quince años: las personas con discapacidad somos normales. Ni seres celestiales ni todas buenísimas: hay quien tiene mal humor las veinticuatro horas, como cualquiera.

Contad vuestra historia

Nos despedimos con una petición suya que hago mía: que las personas con discapacidad no se queden en casa y cuenten su historia, desde una asociación o a título personal, en YouTube, en TikTok o en una columna en un periódico. Porque quien venga detrás y viva lo mismo verá que se puede.

Cuando recogí el premio de 20minutos dije que me había sentido muy sola durante toda mi vida. Hago esto delante de una cámara para que ninguna mujer se sienta así nunca más. Yo estoy aquí, tú también, y somos muchas y muchos apoyándote para que des el paso. Pero el primer paso lo tienes que dar tú.

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