Comunicaba sin ver: el deporte iguala, con Isabel Domínguez.
Isabel Domínguez es de un pueblo de León de unos 400 habitantes. Con 17 años empezó a perder la visión central y hoy es la responsable de comunicación del Comité Paralímpico Español. Grabamos en su sede y, al terminar, me emocioné: por fin había encontrado el referente que nunca tuve.
Por este pódcast han pasado muchos deportistas paralímpicos, y tener a la persona que cuenta sus historias me hacía muchísima ilusión. Grabamos en el Comité Paralímpico Español, con los Juegos de invierno a la vuelta de la esquina. Hablamos de comunicación, de discapacidad visual, de ser madre sin ver bien y de su pueblo, Villoria de Órbigo, en León.
Síndrome de Stargardt: ver sin ver el centro
Isabel nació sin discapacidad. Hacia los dieciséis años empezó a ver mal. Le pusieron gafas, seguía perdiendo vista y le hicieron muchísimas pruebas. Primero le diagnosticaron una distrofia de conos y, después, el diagnóstico definitivo: síndrome de Stargardt, algo así como una degeneración macular asociada a la edad, pero en la adolescencia. Tiene mucho campo visual, pero no ve por el centro, así que tiene muy poca agudeza. Usa un ampliador de pantalla y un programa que le lee lo que escribe. No lleva bastón: con tanto campo visual, le aportaría muy poco.
Le pasó justo terminando el instituto, cuando decides qué quieres ser. Le gustaba la arquitectura, pero sin ver el centro el dibujo técnico era impensable, así que eligió la comunicación. Ella siempre ha sido dura consigo misma. Quien peor lo llevó fue su madre, que no lo superó hasta ver que Isabel tenía trabajo, casa, familia e hijos: una vida normal.
Unos padres que impulsaban en lugar de proteger
Sus padres no la sobreprotegieron: la empujaron. Estudió fuera, en Francia y en Estados Unidos. Le aconsejaron la universidad privada porque le pondrían las cosas más fáciles, y ella eligió la pública. Se fue de Interrail. Hizo lo que haría cualquiera. Nunca tuvo un referente con discapacidad porque la adquirió de mayor y no creció rodeada de ella. Su referencia eran sus amigas y su hermana: que la discapacidad le recortara las libertades lo menos posible.
Del periodismo al Comité Paralímpico
Estudió Comunicación Audiovisual en la Complutense y terminó en 2004. Hizo un máster de radio, trabajó año y medio en la cadena COPE y unos meses en Telefónica. En 2007 envió su currículum y entró a trabajar para el Comité a través de Servimedia, la agencia de Ilunion. Le ofrecieron economía o deporte paralímpico. Aunque el deporte implicaba fines de semana y viajes, lo eligió. No sabía nada de deporte paralímpico, pero le encantaba el deporte. Su primer fin de semana ya tuvo que cubrir competiciones de natación, atletismo y ciclismo. Poco a poco fue asumiendo más responsabilidad, hasta dirigir la comunicación.
El deporte paralímpico demuestra la capacidad
Para Isabel, el deporte une en una sociedad muy polarizada. Pero el deporte paralímpico tiene un extra: demuestra que las personas con discapacidad tienen mucha capacidad. Son trabajadoras, luchadoras, resilientes y se sacrifican por lo que quieren.
Si una persona con discapacidad puede correr, saltar o nadar como muchas personas sin discapacidad no son capaces, también la puedes contratar en tu empresa.
¿Por qué no pasa lo mismo en el mercado laboral? Por desconocimiento, que sigue estigmatizando a las personas con discapacidad como peores trabajadoras, igual que se estigmatiza a las madres por si piden una baja. Y porque falta presencia en la vida pública: en la política, la economía o la cultura. El deporte paralímpico ayuda como una gota malaya. Isabel es optimista. Cuanto más avanza una democracia, más se preocupa por los colectivos desfavorecidos, y la nuestra es joven. Estamos mejor que hace veinte años, y dentro de veinte estaremos mejor.
Una discapacidad que no se nota
Me vi muy reflejada. Las dos hacemos un sobreesfuerzo para que no se nos note. Isabel recoge a sus hijos del colegio y los otros padres no saben que no ve bien. A veces se cruza con ellos en el súper y no los saluda, no porque no quiera, sino porque no los ve. Se ha planteado «salir del armario», pero no sabe cómo: «¿Hola, soy Isabel y no veo?». Cuando la discapacidad no lleva un bastón o una silla que la haga visible, es más difícil.
Madre con discapacidad visual: los hijos te buscan tanto como tú a ellos
Isabel y su marido tienen los dos discapacidad visual y dos hijos pequeños. No conducen, y aun así viajan: este verano se fueron a París y a Londres, buscándose la vida como cualquier familia. Cuando estaba embarazada, soñaba que iba a la guardería y se llevaba al niño equivocado, o que en el parque todos los niños tenían la cara borrosa.
La realidad ha sido mucho más fácil de lo que temía. Tienen un perímetro de seguridad más pequeño que otros padres: en el parque, dentro de la valla, lo que quieran; fuera, nada. Con la bici, si se alejan más de tres árboles, vuelven. Y ha descubierto algo precioso:
Los hijos te buscan tanto como tú a ellos. Al final, ellos tampoco tienen ningún interés en perderse.
Sus hijos son muy sensibles a que sus padres no ven. El mayor les lee los carteles, los precios y los números de los autobuses. El pequeño ha empezado a leer solo para ayudar también, y dice que quiere ser médico de los ojos para curarlos. No quiere ser una «madre helicóptero» ni que sus hijos vivan una infancia distinta por tener unos padres con discapacidad. Y los demás padres ayudan: se ofrecen a llevar al niño a los cumpleaños o a los entrenamientos de rugby, porque saben que ellos no tienen coche.
La discapacidad en un pueblo de 400 habitantes
Le pregunté qué le diría a una mujer con discapacidad de su pueblo. Reconoce que en el mundo rural todo es más difícil. Sin coche, moverse es complicadísimo: ellos necesitan tren y taxi, o tren y autobús, para lo que otros hacen en tres horas. Encontrar trabajo es difícil para cualquiera, y mucho más con discapacidad. Para estudiar tienes que irte a la ciudad. En el colegio de su pueblo, que todavía no han cerrado, había seis niños el curso pasado: pedir allí una profesora de apoyo es impensable. Aun así, su mensaje es claro: romper barreras y seguir peleando, sin renunciar a tus derechos ni quedarte en casa con la mantita.
En «El silencio se apodera de mí» escribí que nunca tuve un referente que me sirviera de espejo. Diecisiete años después, al mirar a Isabel, lo encontré. Gracias por enseñarme que no hace falta ver para ver, y que ser mamá con discapacidad es maravilloso.