No puedo salir de casa: faltan taxis adaptados, con Esperanza Contreras.
Un accidente laboral llevó a Esperanza Contreras a una silla de ruedas. Hoy preside la Asociación Extremeña de Mujeres con Discapacidad y pelea por una ciudad accesible. Grabamos en Cáceres, en plena calle y con un concierto de fondo.
Esperanza y yo nos conocimos en la gala de los premios de COCEMFE, donde este pódcast recibió el Premio Sociedad Inclusiva en la categoría Mujer e Igualdad. Al terminar la cena se acercó y hubo conexión inmediata: dos guerreras. Así que me fui a Cáceres a grabar con ella. Invito a todo el mundo a conocer la ciudad: es preciosa y está llena de cultura. Y, como veréis, también de rampas.
Un día estás bien y al siguiente, en una silla
Esperanza tiene 55 años. Su discapacidad viene de un accidente de trabajo, una caída tonta, a los 35. Por eso insiste en algo que conviene no olvidar: un día estás bien y al siguiente cualquiera puede tener una discapacidad. La operaron, una aguja se infectó y desarrolló una osteomielitis crónica, una infección en el hueso que le ha provocado mucho dolor y úlceras. Puede andar, pero muy poco. Durante años fue con muletas, y desde hace un año usa silla de ruedas.
Le pilló con dos hijos, el pequeño de pocos meses. Recuerda un día en que su madre salió a comprar y el niño se hizo pis: estaba recién operada, a la pata coja, y aun así lo metió en la bañera. Su madre le echó un broncazo al volver. Fueron años muy frustrantes, con barreras físicas y psicológicas.
Aparcamientos reservados: no es «un momentito»
Cuando vemos a alguien en silla de ruedas pensamos que no puede andar, pero no siempre es así. Esperanza puede dar unos pasos, pero por las úlceras no debe apoyar el pie. Por eso es tan importante que se respeten los aparcamientos para personas con movilidad reducida. Cuando los encuentra ocupados tiene que llamar a la policía, que a veces viene y a veces no. Y quien sale del coche siempre pone la misma excusa: «era un momentito». Ella les responde que les cambia su discapacidad por el aparcamiento.
Siempre tengo que salir de casa una hora antes por si me encuentro este tipo de situaciones. Y el tiempo es oro.
Las barreras también son una forma de violencia
Para Esperanza, no poder entrar en un sitio es una forma de maltrato, porque te quitan la libertad de ir adonde quieras. Me contó que quiso darle una sorpresa a su marido en una pizzería con el símbolo de accesibilidad en la puerta, pero no pudo entrar por un escalón. Cuando se quejó, le dijeron que ya la ayudarían a entrar. No quiere que nadie la ayude a entrar: quiere autonomía. Y la gente todavía no lo entiende.
Lo mismo con algo tan básico como ir al baño. Tiene compañeras que llevan un orinal para hacer pis en el campo porque no hay baños accesibles. Y encima les preguntan por qué no llevan pañal, como si ir en silla significara incontinencia. Son las etiquetas que nos pone la sociedad. Un bar con un baño amplio, limpio y sin escalones gana clientela: si yo estoy a gusto, mi familia, mis amigas y mis compañeros acabarán yendo ahí. Pasa lo mismo cuando hay un celíaco en la familia.
Lo vi con mis propios ojos. Íbamos a cruzar un paso de cebra, el semáforo se puso en rojo y, al llegar al otro lado, Esperanza no podía subir el bordillo: unos centímetros de nada. Su marido tuvo que empujarla. Ella se ha visto obligada a ir por la calzada en una curva porque no había forma de subir a la acera. Por eso la asociación trabaja ahora con el Ayuntamiento de Cáceres en los pasos de peatones.
Taxis adaptados: nueve licencias para toda una ciudad
El autobús le daba pánico al principio, pero se atrevió y ha encontrado conductores maravillosos: bajan la rampa y hay un espacio reservado, que no siempre respeta la gente. Con los taxis es otra historia. En Cáceres, con unos 90.000 habitantes, hay nueve licencias de taxi adaptado. A veces pasan un día entero sin conseguir uno, aunque sea para ir al médico. Y son carísimos. Le dicen que en otras ciudades hay menos, pero a ella no le vale la comparación.
El aislamiento de las mujeres con discapacidad del mundo rural
¿Cuál es la mayor discriminación para una mujer con discapacidad en un pueblo? Esperanza lo tiene claro: la logística. Siempre dependen de alguien que las lleve y las traiga. Muchas socias no pueden ir a Cáceres a las actividades de la asociación, como el teatro inclusivo o el yoga adaptado, porque no tienen cómo moverse. Por eso quiere pedir a la Junta de Extremadura taxis a precio reducido para las personas con movilidad reducida.
La asociación también va a los pueblos y ha ayudado a crear alguna asociación local. Allí le dicen que no se hace nada, solo las fiestas. Y quedarse en casa las veinticuatro horas es una cárcel para la salud mental. Esperanza lo sabe bien:
Me pasé muchos años de la cama al sofá y del sofá a la cama. Por eso no quiero que nadie se quede en casa.
Una abuela en silla de ruedas
Hablamos de maternidad, y se le iluminó la cara. Su hijo pequeño, cuando era bebé, nunca le pedía que lo cogiera en brazos estando de pie: le decía «mamá, siéntate» y se le subía encima, porque sabía que de pie ella no tenía equilibrio. Hoy tiene dos nietos pequeños y juega con ellos por el centro comercial, persiguiéndolos con la silla mientras la gente se queda mirando. Sus nietos no ven a una «pobrecita», sino a una abuela divertida.
Su familia es muy protectora, y ella lo valora, pero necesita su independencia. A su marido le costó entenderlo. Cuando va sola a algún sitio, dice, la sensación es liberadora.
Trabajar juntas para las que vienen
La asociación trabaja con la Junta de Extremadura, el Ayuntamiento de Cáceres y la Diputación, y tiene convenios con otras entidades. Cuentan con el apoyo de la Confederación Estatal de Mujeres con Discapacidad y de COCEMFE, en cuya junta directiva está Esperanza. También acogen a mujeres que se han quedado con una discapacidad por violencia de género y las derivan a los servicios especializados. Y aunque es una asociación de mujeres, no excluye a los hombres. Trabajan más con mujeres porque son más vulnerables: además de tener discapacidad, muchas veces son también cuidadoras.
Esperanza no quiere ser más que nadie. Quiere las mismas oportunidades y los mismos recursos que cualquier persona, y lucha no solo por ella, sino por las que vendrán. Porque, como me dijo, cualquiera puede tener mañana una abuela, un hijo o a sí mismo en una silla de ruedas. Y lo que no tiene explicación es su magia.