Escondí mi discapacidad y tuve más oportunidades: Elena vuelve, con Almudena del Pozo.
Tras dos meses de parón por una nueva discapacidad, esta vez visual, volví al pódcast con los papeles cambiados: la periodista Almudena del Pozo me entrevistó a mí. Hablamos de inserción laboral, de la universidad y de aprender a parar.
Volver a casa, verme bien y estar de nuevo con vosotras me llena de orgullo. Han sido dos meses de parón total. Muchas me preguntasteis en una encuesta cómo es la inserción laboral de las personas con discapacidad, y esta vez quise contarlo yo. Así que le pedí a Almudena del Pozo que me entrevistara. Nos conocimos en un plató de televisión: yo estaba nerviosa y ella se me acercó a preguntarme qué tal estaba. Fue un flechazo de energía.
El 24 de junio: el minuto que me paró
Llevaba cinco meses trabajando, recogiendo premios y escribiendo, y en ese tiempo me había quedado ciega de un ojo. Y seguía haciendo vida normal. El 24 de junio, en plena calle, me quedé sin ver por los dos ojos. Fue un minuto, todo en blanco. Pensé lo que quieres pensar: un golpe de calor, una bajada de tensión. Me recogió mi marido, me tranquilicé, y al día siguiente me puse a trabajar. Estando trabajando, me volvió a pasar.
No quería parar. Todas las personas tenemos un «botón de supervivencia», y yo lo tenía siempre pulsado. Trabajaba con unas gafas especiales para protegerme de la luz de las pantallas y en las reuniones pedía que apagaran la luz de la sala porque me dolía el ojo. Y lo normalizaba. Pero no es normal.
Tengo que decir que la consultora en la que trabajo ha sido muy humana: compañeros que me decían «si lo necesitas, sigo yo» y directivos que apagaban la luz sin problema. Pero no todas las empresas son así.
La universidad: tres matriculados y un servicio cerrado
Pregúntale a una persona con discapacidad qué tal su inserción laboral y muchas te dirán que no existe. Mi historia empieza antes, en la universidad. En 2008, cuando me implantaron, yo era «la loca» que decía que llevaba tecnología en la cabeza; ese año acababa de llegar WhatsApp a España.
Cuando me matriculé en la Universidad de Castilla-La Mancha, éramos tres estudiantes con discapacidad, la mayoría hombres. Fui al Servicio de Apoyo al Estudiante con Discapacidad y estaba cerrado, un día y otro. Me sentaba en primera fila, pero con el implante tardo un par de segundos más en procesar lo que oigo, y aprender a entender el castellano me llevó cuatro años. Sin un apoyo emocional, como el de mi amiga María, no lo habría conseguido. Hoy se matriculan unas ochocientas personas con discapacidad al año.
Presioné hasta que el servicio empezó a funcionar y entré como becaria. Y descubrí otra cosa: los universitarios con discapacidad se llevaban el título a casa y ahí se acababa todo, sobre todo las mujeres. No había ningún puente con el empleo. Así que, de manera muy poco oficial, me convertí en ese puente entre la universidad e Inserta, de Fundación ONCE, en Ciudad Real: llevaba estudiantes, hacía de coach, de psicóloga y de trabajadora social. Ingenieros, contables o arquitectos empezaron a encontrar trabajo.
Relaciones Laborales para estar en ese 2 %
Empecé Derecho y me cambié a Relaciones Laborales, aunque lo mío eran las finanzas. Entonces solo el 2 % de las personas con discapacidad tenían estudios superiores, y yo quería ser de ese 2 %, sin meterme en una carrera que no supiera si podría seguir. Mi trabajo de fin de grado fue sobre responsabilidad social corporativa y derecho laboral. El primer día llegué con tantos libros que mis tutores me dijeron que aquello no era una tesis doctoral.
Años después sigue habiendo mucha desinformación en las empresas sobre cómo adaptar un puesto, cómo formar y cómo hacer un reclutamiento de verdad. Y la responsabilidad social se queda muchas veces en escaparate, o se destina a otras causas.
Mi primer trabajo en banca
Un día, la directora de Inserta me llamó: tenía un trabajo para mí en un banco. ¿Pongo la discapacidad en el currículum o me la callo? Yo la puse, y en la entrevista te miran como algo raro: a ver dónde lo llevas, a ver si hablas bien. Pero la superé. Y lo digo para todo el mundo: hoy lo más importante, con o sin discapacidad, es la actitud y la capacidad de adaptarse.
Mi adaptación fue el teléfono: con el implante tenía que hablar en manos libres y todo el mundo se enteraba. Adaptar un puesto no es tan caro, y las empresas tienen bonificaciones en la Seguridad Social y subvenciones por contratar a mujeres con discapacidad. Mis compañeros nunca vieron nada raro; quien lo veía era yo. Como tardaba más en procesar, decidí trabajar el doble: me aprendí los nombres, teléfonos y cuentas de todos los clientes. Un auditor me preguntó de dónde había salido.
Intentamos disimular y llamar poco la atención, no vaya a ser que molestemos y no nos quieran.
Una persona del sector me llegó a decir que preferían contratar a una persona sorda antes que a una en silla de ruedas, por la agilidad. Pura desinformación: he visto a gente en silla moverse más rápido que yo.
El techo de cristal y el «aguanta, que tienes suerte»
A los 29 años era directora de una oficina bancaria, mujer, con discapacidad y con implante coclear. Pero con discapacidad, fuera de las organizaciones del sector, lo máximo a lo que se suele aspirar son mandos intermedios. Y en los pueblos se oye mucho eso de «qué suerte tienes de tener trabajo, aguanta ahí». No es suerte. Yo había tocado techo y quería más.
Así que seguí formándome: hice un máster en finanzas corporativas en ESADE con doce ejecutivos de multinacionales. Si ellos se lo creían, yo también. Me hacía 200 kilómetros en coche, me vine a Madrid, que es una jungla al volante, y me fui a Estados Unidos, aprendiendo inglés con el implante. Júntate con leones y serás león.
Lo que cambiaría
Almudena me preguntó qué haría si fuera ministra. No hablaría de más dinero ni de más subvenciones, sino de:
- Formación práctica, no teórica, para los departamentos de recursos humanos y los profesionales que acompañan a las personas con discapacidad.
- Seguimiento real de cada adaptación, para comprobar que la persona está bien.
- Poner el foco en la universidad. Se habla mucho del colegio y del trabajo, pero la universidad es un agujero negro. Las personas con discapacidad quieren estudiar y ser una más, no una hora extra en el examen: yo hacía chuletas como mis compañeros. Y quien las contrata y las forma gana a alguien que se queda para siempre.
Aprender a parar
¿Por qué no paré cuando me dijeron que había perdido el 50 % del ojo, y luego el 90 %? Porque me recordaba a cuando me quedé sorda y pasé una depresión profunda. La salud mental es uno de los pilares de la discapacidad, y de ella casi no se habla. Si la cabeza no funciona, no funciona nada. El deporte me ayudó entonces y me ayuda ahora, pero con la vista a medias ni siquiera podía correr en una cinta: todo se veía abombado.
Estos dos meses he llorado mucho, a solas, en silencio, para que mis hijos no pensaran que estaba triste por su culpa. Tengo 39 años y dos niños de cuatro que me preguntan por qué vuelvo al médico. Ellos cuentan en el cole que su madre no oye por los oídos, sino por el implante, y en el parque fueron los únicos que se quedaron a jugar con un niño autista.
El botón de supervivencia me ha llevado donde he querido. Pero el cuerpo es sabio, y ahora toca bajar el ritmo y hacerlo desde otra perspectiva.
Lo que siempre quise fue tener delante a una mujer que me dijera «tranquila, todo va bien». Ahora quiero serlo yo para otras. Y convertir la visibilidad, los premios y los libros en proyectos reales: una fundación, ayudas y trabajo de verdad para las personas con discapacidad.