Me tiró por la ventana: sobrevivir a la violencia de género, con Carmen, atleta paralímpica.
Carmen estudió Empresariales y Ciencias Actuariales. El 12 de marzo de 2010 su pareja la tiró desde un tercer piso y le causó una lesión medular. Hoy es atleta paralímpica en silla de ruedas, madre de tres hijos y una voz imprescindible para detectar la violencia machista a tiempo.
Carmen se define primero como mujer, porque el género ya condiciona mucho. Estudió Empresariales y Ciencias Actuariales y, años después, se dedicó al atletismo paralímpico en silla de ruedas. Tiene una lesión medular a consecuencia de una agresión machista que sufrió el 12 de marzo de 2010. Pero, dice, lo que más la define es ser madre de dos niñas y un niño. Su Instagram se llama «Carmen y sus aventuras», y no puede tener un nombre más acertado.
Para sus hijos, lo normal es correr en silla
Sus tres hijos nacieron después de la lesión, así que para ellos que su madre vaya en silla es lo normal. Cuando la mayor tenía seis o siete años y Carmen hablaba por teléfono con un compañero atleta, la niña le preguntó: «¿De pie o sentado?». Para ella, correr era correr en silla. Sus hijas buscan las rampas por instinto, sin decir nada, y nunca le han dicho «tú no puedes» por la silla. Lo único que le reprochan es que se le queman los filetes.
Nunca ha llevado carrito de bebé: el carrito era ella. Como necesitaba las manos para empujar la silla, llevaba a sus hijos atados al cuerpo con un fular de porteo. Por su casa han pasado atletas paralímpicos de todo tipo, entre ellos un compañero con los cuatro miembros amputados, y sus hijas nunca han preguntado «¿qué le pasa?». Porque a la gente no le pasa nada: la gente es así. Yo le conté algo parecido de mis mellizos: en el parque, fueron los únicos que se quedaron a jugar con un niño autista mientras los demás se apartaban.
Es la sociedad la que te mira desde la limitación, porque no te conoce y no ha convivido contigo.
Dos años de violencia psicológica antes de la caída
Le pregunté qué pasó. Su pareja la empujó y la tiró desde un tercer piso. Pero eso fue el punto final de dos años de violencia psicológica y emocional: desprecio, control, ninguneo, castigos de silencio, hasta convertirte en nada. Es la forma más frecuente de violencia de género, aunque en los medios la asociemos a la física, que es la menos habitual.
Durante esos dos años no vivía, sobrevivía. Lloraba continuamente, le costaba levantarse y no tenía fuerzas para irse. Recuerda la discusión, encerrarse asustada en el baño, abrir la puerta y encontrárselo delante. Después, nada, hasta despertar en el hospital. No solo tenía la lesión medular: las costillas se le habían clavado en los pulmones y estuvo intubada sin saber si sobreviviría. Esa misma noche, él vació la casa para que pareciera que no vivía allí.
Explica algo clave para entender por qué tantas víctimas se quedan solas: en público, él la ensalzaba como si fuera una diosa; en privado, la despreciaba. Muchos agresores conservan a su entorno porque nadie los ve como agresores. Por eso es tan difícil que te crea quien no lo ha vivido.
La secuela real es el miedo, no la silla
La silla no me limita. La secuela real de la violencia de género es el miedo. Cuando alguien que te quiere intenta matarte, piensas: ¿qué me hará la gente que no me quiere?
Carmen asegura que la agresión física, la que la dejó en silla, es la que menos daño le ha hecho. El miedo sí paraliza, vayas en silla o no. Hoy dice que se ha reconstruido en una versión mucho mejor: ha aprendido algo tan básico como darle importancia a vivir.
Discapacidad y violencia: más vulnerables
Le pregunté si con discapacidad habría sido aún peor. Me respondió con una palabra: vulnerabilidad. Nos guste o no, la discapacidad es un factor de vulnerabilidad, y las estadísticas de violencia se disparan entre las mujeres con discapacidad. Lo mismo que te hace fuerte te hace débil. Basta con girar la cabeza en nuestro entorno para encontrar a una mujer con discapacidad que ha sufrido violencia.
Cómo ayudar: basta con «algo»
¿Qué hacer si sospechas que una mujer sufre violencia? Carmen lo tiene claro: algo. Lo más terrible es el silencio de la gente y mirar hacia otro lado. Y ese algo puede ser muy sencillo:
- Llamarla y preguntarle de verdad qué tal está. A la mayoría de las personas nadie se lo pregunta.
- Proponerle un plan: un cine, un paseo, un café.
- Un WhatsApp por la noche: cómo te ha ido el día, qué tal los análisis, qué te pareció el libro.
- Que sepa que te acuerdas de ella y que estás ahí.
No estás sola. Es uno de los lemas de la lucha contra la violencia de género, y es real.
Yo añadí una señal que me llama la atención por la calle: hombres que llevan a su pareja agarrada del cuello como si fuera suya. No te está cuidando: está marcando territorio.
El amor después de la silla
Hablamos de pareja. Una amiga mía en silla de ruedas desde niña me contó que le cuesta confiar en un hombre y sentirse querida. Carmen lo vive al revés: ha tenido muchas más parejas después de la lesión que antes. Se ve mejor que nunca, más fuerte y más interesante. Y lo dice con humor: la silla es un filtro «que ni el Tinder». El que se acerca ya ha pasado el filtro.
No fue fácil al principio. Con treinta años y una discapacidad sobrevenida, se creyó «el cuento» de que ya no valía y de que no tenía sentido vivir así. Precisamente por eso entiende cómo mira la gente que nunca ha convivido con la discapacidad: ella miraba igual. Y lo más grave es que muchas personas con discapacidad también se lo creen. Cada año hay miles de lesiones medulares, y muchas de esas mujeres están encerradas en casa, empezando por familias que las sobreprotegen.
La inclusión se aprende conviviendo
Para Carmen, las jornadas de sensibilización en empresas son un parche, consecuencia de que no convivimos. En el colegio de sus hijas, cientos de familias la ven subir y bajar del coche cada día, y ya a nadie le llama la atención. En la clase de su hija hay un niño con implante coclear, y no ha tenido que explicarle qué es la sordera. Así debería ser con todos.
A sus hijas les pide que no miren hacia otro lado: si alguien sufre, tienen que mediar o contárselo a la maestra. Y que siempre le cuenten la verdad: «me voy a enfadar, pero enseguida me pondré a ayudaros». Su mensaje de madre a madre es el amor: estar, para lo bueno y para lo malo, para que tus hijos sepan que nunca estarán solos.