Mi embarazo me cuesta la vida: la operación después de dar a luz, con Almudena.
Almudena es de Almagro, tiene 34 años y era muy deportista. A los cinco meses de su primer embarazo empezó a perder la sensibilidad de una pierna. Todos le decían que era ciática. Era un tumor gigante en la médula, y nadie lo supo hasta después de dar a luz.
Grabamos este episodio en un lugar que me eriza la piel: el Corral de Comedias de Almagro, en nuestro pueblo. Almudena es una gran amiga y trae una historia de maternidad que ella llama «una película de terror en la que al final se ve la luz». Empezó hace cuatro años, con el embarazo de su hijo.
«Es una ciática, es normal en el embarazo»
Era muy deportista y lo siguió siendo embarazada, con ejercicio moderado. A los cinco meses empezó un dolor de espalda muy fuerte, hasta el punto de que le costaba respirar. Tenía una escoliosis leve y le echaron la culpa a eso. Un fisioterapeuta le trató una contractura rarísima en los músculos entre las vértebras. Pero entonces empezó a dormírsele el pie derecho: un cosquilleo constante.
El fisio, su médica de cabecera, el matrón y los ginecólogos le dijeron lo mismo: una ciática, lo más normal del mundo en el embarazo. Pero no le dolía. Simplemente, la pierna dejó de responder. Caminaba «como un pato», se tropezaba con cualquier piedrecita y no podía lavarse el pelo con los ojos cerrados porque perdía el equilibrio. A los ocho meses, la pierna era «un palo». Un día, al subir al coche, se pilló la pierna con la puerta y no lo notó: su marido tuvo que avisarla. Luego se le durmieron las yemas de los dedos. También le dijeron que era normal.
Llegó a pensar que se estaba volviendo loca, que exageraba. Además, en el trabajo, en una tienda del pueblo, no le daban la baja: suponían que una dependienta está sentada. Trabajó hasta los siete meses y medio, subiendo y bajando al almacén del sótano arrastrando la pierna.
Me estaba notando que no estaba bien, y todo el mundo me decía que era normal.
Un parto en pandemia y unas piernas que no despertaron
Era plena pandemia. Tuvieron que inducirle el parto y el equipo se portó de maravilla: la ayudaban a ponerse en posturas que ella sola no podía hacer. Con seis centímetros de dilatación le pusieron la epidural, porque nadie sabía lo que había en su espalda. Poco después el latido del bebé empezó a perderse y le hicieron una cesárea de urgencia. Su hijo nació a las 7:25 de la mañana y se lo llevaron a neonatos.
Sus piernas no despertaron de la anestesia. Y la izquierda empezó a hacer lo mismo que la derecha. Hasta la noche no pudo ir a ver a su hijo, en silla de ruedas. Fueron las enfermeras de neonatos quienes le dijeron: «Almudena, esto no es normal». Su marido tuvo que ducharla sentada en una silla de plástico. Por el protocolo covid, a las 48 horas la mandaron a casa: una celadora la bajó en silla de ruedas con su hijo en brazos. Le dijeron que, si en quince días seguía igual, fuera a su médica.
Esos quince días atendió a su bebé agarrándose a las paredes, arrastrando la pierna. Salía a la calle usando el carrito como andador. A la semana, camino del pediatra, se cayó. Y se levantó con rabia: o le decían qué tenía o no sabía qué iba a hacer.
«El caso de Almudena se nos ha ido de las manos»
Cuando entró en la consulta de su médica, andaba con las piernas arqueadas, de talones, del brazo de su marido, «como una persona de ochenta años». A la médica le cambió la cara. Llamó al matrón y le dijo: «Creo que el caso de Almudena se nos ha ido de las manos». Le hizo un volante urgente y le dijo lo que temía: podía ser ELA. Almudena se derrumbó pensando en su bebé.
En urgencias de Ciudad Real, una neuróloga le tapó los ojos y le preguntó qué sentía. Nada. Cuando le quitó el pañuelo, tenía la pierna llena de agujas. El escáner de la cabeza estaba perfecto, así que sospecharon algo en la médula. Tenía que quedarse ingresada, con su bebé de quince días en casa y sin que su marido pudiera entrar por el covid. La neuróloga movió hilos y consiguió ingresarla en la planta de maternidad, con una cuna para el niño y su marido con ellos.
Una resonancia de cinco horas y media encontró la causa: un lipoma gigante en la médula, un tumor benigno que ocupaba casi toda la médula. Seguramente estaba ahí desde que nació y explicaba su escoliosis. Con el embarazo, al curvarse la columna, empezó a presionar, y la epidural lo empeoró. Ya no sentía nada del ombligo para abajo.
«Dame los papeles, que te los firmo ya»
Había que operar. Para llegar al tumor tenían que quitarle siete vértebras, y si se equivocaban un poco podía quedarse en silla de ruedas. Almudena dijo que no: prefería andar mal a arriesgarse a no poder cuidar de su hijo. Entonces el equipo de neurocirugía la sentó con su marido: no era opcional. En un mes y medio se quedaría tetrapléjica, del cuello para abajo, sin solución.
Entre la rabia y el llanto, firmó sin leer. La operaron a la semana, con un quirófano reservado 24 horas. Fueron ocho horas. Hubo un momento en que perdieron las señales de las piernas, pero las recuperaron. No pudieron quitar todo el lipoma sin tocar la médula, pero liberaron la presión. Las siete vértebras salieron en bloque y se las volvieron a colocar con catorce placas de titanio.
Salió sin saber hacer nada. Como le explicaron, la cabeza manda órdenes a la médula y la médula responde; a ella la cabeza le funcionaba, pero la médula no. Pasó cinco días inmóvil en la cama, con pañal y sonda, sin poder incorporarse. Al quinto día pidió a su marido que la pusiera de pie y fue al baño empujando una silla de plástico. Cuando la neurocirujana se enteró, no daba crédito.
Por él
Le pregunté cuál fue su referente para salir adelante. Me respondió lo que había dicho en toda la conversación: su hijo. Cuando volvió a casa con andador y un corsé dolorosísimo, había mañanas en que no quería levantarse, ni ver a nadie, ni subir la persiana. Pero miraba la cuna y pensaba: «me necesita». Le recetaron pastillas y las tiró a la basura a los dos días. Hizo ocho meses de rehabilitación diaria en casa; si el fisio le mandaba una hora, ella hacía dos.
No sabes lo fuerte que eres hasta que ser fuerte es la única opción que te queda.
Lo lleva tatuado. Los médicos le dijeron que diera las gracias a su hijo: si el tumor hubiera dado la cara en la menopausia, con otro desarreglo hormonal, quizá no habría vuelto a caminar.
Hoy: deporte como medicina
Almudena tiene su discapacidad reconocida, dolor crónico y una cicatriz desde el cuello hasta el centro de la espalda. Su hijo, de cuatro años, sabe que mamá tiene «una pupa en la espalda» y no puede cogerlo en brazos. Los médicos le dieron una receta que para ella fue una liberación: «un diabético necesita insulina; tú, deporte». Con catorce placas de titanio, si no se mueve se queda rígida. Así que hace deporte todos los días y vuelve a correr y a bailar manchegas.
Y aunque le daba miedo, su hijo le pide un hermanito. Los neurocirujanos le han dicho que no tiene por qué repetirse, aunque le hacen resonancias de control. Si llega, no podrá ponerse epidural, tendrán que dormirla por completo y tendrá que dejar la medicación del dolor. Que sea lo que tenga que ser. Porque las mujeres guardamos muchos silencios, y hay que romperlos: un embarazo no se normaliza, y si tu cuerpo te dice que algo no va bien, hay que escucharlo.